Skip to content

Confiteor

Se dice que oficialmente la década no termina sino hasta el siguiente año. Para muchos, sin embargo, los acontecimientos parecen cerrarse de manera suficientemente natural como para poder hablar del cierre de una etapa y el inicio de otra. Quizá sea nuestra manera del percibir el paso del tiempo; la medición de los ciclos naturales es una construcción social, según se dice entre quienes saben de estas cosas. Como sea, nosotros construimos nuestras propias narrativas. Mi caso es el de aquel que ve en su propia historia un arco que se cierra con el 2020 para dar inicio a un nueva etapa. Por eso, por primera vez, decidí escribir de manera pública sobre un tema personalísimo: mi vida.

Hace diez años yo era tan sólo un adolescente lleno de ilusiones y esperanzas, muchas de ellas muy dispares y disonantes quizá, pero siempre sabía encontrar en mi cabeza la manera de conciliar los opuestos y de salir al paso. A la fecha las más arraigadas de esas ilusiones no han hecho más que crecer y desarrollarse. Otras tuvieron que ceder al momento de tomar decisiones, pero todas ellas, sin lugar a duda, contribuyeron a edificar lo que soy hoy en día. Comenzaba en aquel entonces a formarse en mí una intuición, una especie de inquietud que nunca desapareció y que me resultó especialmente problemática. Me hizo confrontarme conmigo mismo y con la idea que tenía sobre mí mismo y sobre la vida en general. Este presentimiento ha sido desde entonces como una flama que no se ha apagado y que, estoy seguro, ha definido de una forma u otra cada una de mis decisiones: estudiar filosofía, trasladarme a la ciudad de México, enfocarme en las artes y la belleza, comenzar a ser docente y, más recientemente, irme a Londres a estudiar teología y arte.

Hace casi diez años (verano de 2010) sucedió el evento que definió, no sólo mi década, sino toda mi existencia a partir de entonces: Roma. Bien dicen que los viajes nos pueden cambiar hasta lo más profundo de nuestro ser, pero unos viajes cambian más que otros. He tenido la enorme suerte (y por qué no decirlo, la gracia) de conocer numerosísimos rincones de la tierra, pero nada ha sido igual a Roma. Nada. Quizá no tanto por la ciudad en sí misma (que de suyo es preciosa y mi lugar favorito en el mundo), sino por lo que sucedió en mí. No fue sólo el arte, los aromas, las vistas, las amistades, los museos, la comida, el idioma y, en general, la belleza que se respira en la ciudad eterna. Ello fue el escenario de algo que en mí se reveló a partir de larguísimos ratos de meditación e introspección, así como del seguimiento de un ejemplo que me marcó hasta lo más hondo.

A mi regreso, el contrapunto del privilegio de encontrarme a mí mismo en la ciudad eterna fue un período agridulce en mi vida: Fortalecimiento de amistades y el gran logro de terminar la escuela, sí, encontré eso; pero también me topé con la decepción, la frustración, severos problemas económicos en el seno familiar, disputas entre las personas que quiero, hermanos destruyéndose entre sí, un corazón roto, muchísima confusión y muchísimo dolor. Sufrí en carne propia (pero especialmente en la de mis padres) la persecución, el hostigamiento, el terror y muchas otras tristes consecuencias de vivir en un estado fallido donde los servidores públicos se comportan como caciques omnipotentes que hacen y deshacen vidas a su capricho. Comencé la carrera de derecho pero cambié a filosofía, en parte, al ver la podredumbre del sistema mexicano. En el fondo no sólo era eso, algo más me llamaba a dedicarme a la búsqueda de la verdad. Fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

La facultad de filosofía de la Universidad Panamericana de México representó para mí un verdadero hogar intelectual. Ahí obtuve una formación sólida de la mano de las mejores mentes del país. Comenzaron a desarrollarse mi propio pensamiento y mis propias intuiciones filosóficas. Mi propia visión del mundo crecía para dar sentido a todo aquello que veía a mi alrededor. Hice amistades para toda la vida, conocí almas buenas a quienes puedo llamar hermanos y hermanas. Por supuesto, en mí seguía la gran inquietud, todo el tiempo. Había algo que siempre me llevaba a buscar más y que sabía que me llamaba con fuerza. Sabía que aquello estaba muy relacionado a la filosofía y a todo cuanto hacía, pero no sabía qué era exactamente. A sabiendas de que se trataba de una inquietud espiritual decidí optar por una vocación laical de celibato y vida de entrega. Lo que encontré entonces resultó ser mucho mejor de lo que yo esperaba, aprendí muchísimo y crecí en muchos sentidos; pero algo dentro de mí aún no me dejaba en paz, sabía que mi camino sería muy similar a ese, pero sabía también que probablemente no era ese. El sentimiento de libertad espiritual, sin embargo, quedó muy arraigado. No continué por esa vía, pero seguía tratando de encontrar aquello que me llamaba. En esos años me enamoré y desenamoré en más de una ocasión. Vi y conocí. Viajé, hice teatro y aprendí a montones. Sobre todo, me mantuve estable en mi recorrido intelectual y gocé enormemente de estar estudiando aquello que me apasiona.

Terminada la carrera viví el amargo trago de tener que salir a lo que llaman el mundo real, es decir, el mundo laboral. Ya había trabajado antes, mientras estudiaba, pero no de tiempo completo. Los problemas económicos seguían (y siguen) y ello sólo contribuyó a acrecentar mi ansiedad frente a la realidad de la dificultad de encontrar un buen trabajo cuando se tiene poca experiencia. Me aferré a la idea de permanecer en la ciudad de México, era mi nuevo hogar para entonces, y con tal de poder hacerlo acepté trabajos sin prestaciones y con fecha de caducidad. No diré que eran malos, porque no lo eran; sigo muy agradecido con quienes me contrataron en aquel entonces, pero no eran lo mejor para mí en ese momento. Finalmente acepté que si encontraba una opción laboral más estable en otro lugar, concretamente en Aguascalientes, de dónde me fui alegremente con tal de evitar un clima hostil, lo más sensato sería aceptar. Fue otra de las mejores decisiones que he tomado en vida.

Regresé a Aguascalientes a hacer una de las pocas cosas que puedo decir con certeza que sé hacer bien en esta vida: enseñar. Mi verdadera vocación profesional. No es una labor sencilla. Hay muchos tragos amargos, mucho trabajo duro. Hay disgustos y confrontaciones. Seguramente cometí muchos errores. Llegué a sobrepasarme con mis regaños y enojos. Traté de siempre disculparme cuando fuera necesario. En más de una ocasión estoy seguro de que yo mismo tenía menos antojo de tener clase que los alumnos mismos. Es cierto también que es, por desgracia, una labor muy poco valorada y agradecida en nuestra sociedad. Pero también es cierto que es infinitamente gratificante. No me equivoco al decir que quien la ejerce con entrega aprende verdaderamente lo que es el amor. Fue entonces también cuando me di cuenta de que lo mío es estar con la gente, y no sólo el trabajo de escritorio del pensador. Me di cuenta de que me aburría horrorosamente cuando no había alumnos en la escuela. Me di cuenta de que llegaba a extrañarlos bastante cuando no estaba enseñando, si bien, por supuesto, las vacaciones son muy necesarias. En esos dos años de docencia me di cuenta de que aún en medio del ajetreo cotidiano de una preparatoria se pueden encontrar la paz y la alegría, sólo hay que saber donde buscar. Me topé con las aspiraciones e ilusiones de personas en las que me veía a mí mismo reflejado; aprendí verdaderamente lo que es la empatía y la alegría de ver a otras personas crecer. Mis anhelos se convirtieron en deseos de que aquellos a quienes conducía lograran los propios. Todo esto sin que desapareciera la misma inquietud que llevaba ya bastantes años en mí.

Finalmente, el haber seguido el camino de la filosofía, el haber elegido el estudio de la belleza y las artes, el haber sido profesor durante dos años y el haber enseñado teología, entre otras cosas, me llevaron a donde estoy ahora. Me ganaron una beca para estudiar en Londres. También ésta otra de las mejores decisiones de mi vida.

En Londres, en concreto en Goodenough College, que es donde vivo, me encontré con una comunidad internacional en la que he hecho amigos para toda la vida. Los habemos de todos los colores, olores y sabores. No hay continente que no esté representado en esta fraternidad. Profesamos también diferentes religiones, pero en el fondo todos compartimos una serie de valores que nos hacen sabernos parte de algo que es más grande que nosotros. Me atrevo a decir que en esta pequeña sociedad en la que habito, se concreta un ideal de internacionalismo que trasciende toda frontera sin que se pierda la riqueza que surge de la diversidad. Es aquí donde he aprendido verdaderamente el significado de la palabra “universalidad”. Es en este lugar donde he conocido a algunas de las personas más buenas que he conocido en mi vida. Lo digo siendo consciente de la ambigüedad de la palabra. Son personas buenas, pero ¿qué es una persona buena? En este caso son personas a quienes se les nota de lejos una pureza de intención que en medio de este mundo puede ser, por desgracia, difícil de encontrar. Son personas que se mueven por ideales nobles, que quieren hacer el bien para los demás. No somos perfectos, por supuesto, pero creo que todos son muy honestos en cuanto a sus aspiraciones. Es una familia en medio de la cual uno puede fácilmente sentirse acogido.

Es aquí, en este contexto de fraternidad universal y de vida intelectual, después de haber pasado y visto penas y alegrías, donde al cabo de diez años de búsqueda y de inquietud me he dado cuenta finalmente, a plena conciencia, de qué es aquello que me mueve con tanta fuerza. Había dicho que es como una flama que crece dentro de uno mismo y que no se extingue. Aquí parece haber provocado un incendio. Yo no sé si tardé demasiado en darme cuenta de esto, o si fue el tiempo justo. Supongo que tomó el tiempo que tenía que tomar. He de decir de antemano que una parte de mí no se imaginaba ser receptor de esto que me fue dado (porque creo que me ha sido dado).

He titulado a este narcisista recuento de mi vida “confiteor”, que significa “confieso”, y no quiero dejar pasar la oportunidad de que sea precisamente eso, una confesión. Lo primero que hay que decir, lo repito, es que soy bastante narcisista. Soy vanidoso, soberbio e indulgente conmigo mismo. Puedo llegar a ser superficial y, como buen actor, me gusta estar en el centro de atención. No lo niego. Sumado a ello tengo muchas otras faltas: soy bastante perezoso unas veces, otras más bien demasiado ambicioso y termino sin poder hacer todo lo que me propongo. Supongo que es consecuencia de tenerme a mí mismo en muy alta estima. Una veces puedo ser demasiado frío e indiferente y otras demasiado obsesivo. Tiendo a buscar complacer y evitar el conflicto, pero también puedo tener un carácter demasiado irascible. Estoy demasiado lejos todavía del ideal que en mi cabeza tengo de lo que es un buen ministro. Con ello me refiero a un buen sacerdote. Sí, sacerdote de la Iglesia católica, apostólica y romana, que en estricto sentido se llama ministro porque sacerdotes somos todos los católicos desde el bautismo. Porque, he de decirlo si has tenido la paciencia de leer cerca de dos mil palabras de parloteo narcisista hasta este punto, esa es la gran inquietud, eso es lo que no me ha dejado tranquilo durante los últimos diez años. Es el arco narrativo de mi década, un proceso largo en el que descubrí que el sentido de mi vida está en el ministerio. No sé todavía cómo será el camino logístico para hacerlo realidad en mi caso. No sé ni siquiera si es prudente estar escribiendo al respecto ya desde ahora, gritándolo a los cuatro vientos. Pero sé que estoy seguro.

Sé también que son tiempos difíciles para la Iglesia, nadie me lo tiene que decir. Sé que desde el punto de vista humano y material se trata de una decisión que a ojos de algunos podría parecer suicida. No es sencillo, no miento. Quizá todo este recuento es más un ejercicio propio en el que afianzo mi decisión que un acto necesario o relevante para quienes me leen. Espero no haberlos fatigado haciéndolos partícipes de mis diatribas. Hay demasiado qué hacer. Demasiado qué reparar. Hace falta pedir perdón y perdonar. Hace mucha falta sanar tantos corazones rotos y tantas almas lastimadas. Hace mucha falta saber escuchar. Hay tanto qué descubrir y re-descubrir. Hay mucho qué construir también. Todo lo cual me lleva a tener un respeto y admiración enormes por quienes, antes que yo, ya han optado por este camino y se han mantenido fieles. Son tiempos obscuros; de mucho dolor y mucha confusión. Hacen falta, especialmente ahora, sacerdotes buenos. Yo sólo rezo para estar a la altura de lo que me espera.

Esta década me ha enseñado bastante; he conocido la gloria y la desesperación, las alegrías y las penas, el privilegio y la ignominia. Me ha tocado sufrir y he visto mucho dolor también, en personas muy cercanas a mí pero también en desconocidos. He sabido lo que es ver cómo se le viene encima su mundo a alguien que amas y no poder hacer nada. He conocido la angustia de vivir al día, de no saber con certeza qué sucederá la mañana siguiente. Sé lo que es no saber si podrás dormir bajo el mismo techo al día siguiente. Pero también he conocido los deleites de la vida. He sido muy privilegiado. Me ha tocado vivir un poco de todo en lo poco que llevo en esta tierra. No mentiré, tengo un gusto por las cosas buenas de la vida, gustos que quizá exceden mi presupuesto, pero he aprendido también a dar tragos amargos y a apechugar. Lo que no me deja de causar gran conmoción es el sufrimiento de los inocentes y la soledad de los últimos de la tierra.

Tengo todavía mucho qué aprender. Demasiado. Quizá también por ello sea bueno que elija este camino, para acallar aunque sea un poco las voces de egocentrismo que siguen en mi cabeza. Todavía me hace falta ser más generoso y menos narcisista. Hay tanto, lo confieso, que me gustaría hacer. Tengo la certeza, sin embargo, de que si logro hacer que al menos una persona en esta tierra encuentre la luz ello hará que todo valga la pena. Espero yo que sean muchos, honestamente. Espero también, citando a Sorrentino en su serie The Young Pope, lograr que en los ojos de la gente se vea el brillo la esperanza. Quizá sean ilusiones demasiado ingenuas. Quizá nada de esto sea relevante un día. Al menos para mí ha sido el arco narrativo de mi década y son los mismos motivos que desde aquel verano en Roma no han dejado de moverme.

One thought on “Confiteor Leave a comment

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: